casi de me olvida que hace nada íbamos por la vida a cara cubierta. aunque aún no hemos salido oficialmente de la pandemia, reconozco que en verano mi mente «ha pasado página» en este sentido. tras varias semanas en entorno familiar, con el asilvestramiento típico del veraneo en familia, volver a la civilización y ver aún gente con mascarillas me ha supuesto un pequeño shock.

y como después de la tormenta, siempre viene la calma, pues también me ha dado por pensar un poco en lo que ha supuesto la pandemia en nuestras vidas a modo de herencia. y he llegado a la conclusión de que algunas cosas que han venido con el covid, y espero sea para quedarse, me gustan.

y no, no hablo de lavarnos las manos al llegar de la calle, porque ¿¿en serio, de verdad, no lo hacías antes??

pararnos a pensar.

así, sin ir más lejos. pensar en lo que haces. y en lo que estás dejando de hacer por hacer eso que haces. y en lo que querrías hacer. y en por qué no lo haces.

vale que volvemos a estar un poco como pollo sin cabeza dadas las fechas (y la vida, en general). y que es verdad que el día a día al final te lleva, y si el mundo no se vuelve a parar com lo hizo (y, por favor, que no lo haga), nosotros no volveremos a parar voluntariamente lo que debemos, que nos conocemos.

pero de verdad que sí creo que ese tiempo en casa nos ha servido a todos para entender que hay que pararse a pensar de vez en cuándo.

quiet quitting.

escribí sobre esto hace poco. y creo que es precisamente porque hemos tenido tiempo para pensar, e incluso para ser, que el quiet quitting ha llegado a muchos como forma de conciliación personal, e incluso de reconciliación laboral.

reuniones híbridas.

gracias a que a que, al fin, nos hemos abierto al mundo de las reuniones en remoto, además de que ahora conocemos cómo y dónde viven amigos y conocidos (con las alegrías y las sopresas que esto nos ha reportado), podemos además, asistir a cosas tan interesantes necesarias como las reuniones del colegio.

ya no tenemos excusa para decir que el horario es imposible. ahora, eso sí, lo único imposible es poder, no preguntar si no ser respondido en ellas. porque ya sabemos que, si algo tiene el remoto, es que el audio puede dejar de oírse en cualquier momento..

reservar mesas en los restaurantes.

de toda la vida, uno decidía sobre la marcha dónde iba a comer o a cenar. y nos daba bastante igual la hora a la que tomábamos la decisión, o si éramos 3 ó 20 personas. allá que íbamos al sitio, a preguntar si nos podían ir montando «una mesita» mientras nos tomábamos una cervecita en la barra. eso, cuando no acababas en el burger de turno, porque no había manera. y es que no me digas que antes del covid, lo de llamar por teléfono para preguntar era misión imposible, jamás te iban a contestar. y lo de las reservas online, es ya era ciencia ficción.

sin embargo, llegó la pandemia y empezaron a aparecer aplicaciones y wassaps de reserva como mascarillas, de la nada. y ya, casi cualquier bar es capaz de gestionar sus mesas online.

y yo, que siempre me ponía un poco nerviosa con según qué improvisaciones, con la nueva costumbre de tener que reservar mesa en casi cualquier sitio, pues he ganado en salud. y no es porque no sea yo de dejarme llevar, que más que un papel al viento, sino por lo muchísmo que me tensa la indecisión grupal ante un «¿dónde comemos?» (el «me da igual» todos sabemos que es mentira).

otro tema a tratar serían las penalizaciones por no show (cuando no vas) que tienen algunos sitios. si bien, por un lado es cierto que hay mucho desconsiderado que reserva, no va, no cancela, y luego se lleva las manos a la cabeza cuando cierran los sitios. también es cierto que en algunos restaurantes es una barbaridad lo que te cobran por cambiar de planes. y, desde luego, si tienes hijos y reservas porque ahí sí que te salva la vida, como el niño se te ponga malo, que por la Ley de Murphy, se pondrá, te salen los mocos por un pico.

dejar los zapatos en la entrada de las casas.

costumbre muy europea, según tenía entendido, que me ha gustado adoptar. y es que se nota mucho cómo la casa se ensucia menos con este gesto. y los niños, felices de estar descalzos allá donde van.

pero, por favor, un matiz importante aquí: no obligues a tus visitas a ir en calcetines. de verdad, si quieres les rocías la suela o hasta las ingles con el spray hidroalcohólico, pero no hagas descalzarse a las visitas. que todos, y tú también, somos usuarios habituales en invierno de calcetines con ventilación asistida en alguna ocasión, y no hay necesidad de hacerle a nadie pasar por eso. salvo que no quieras que vuelvan (qué cuñados, ni qué cuñados), que entonces, sí.

¡sígueme y no te pierdas nada!

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s